martes, 13 de diciembre de 2011

“¡Es señora la justicia…

…y anda en ancas del más pillo!”

José Hernández, Martín Fierro, Grupo Editor Altamira, Buenos Aires, 2003, p. 102.

En dos versos sintetizó Hernández una buena parte de toda la obra. Y no sólo porque resume las penurias a que estaban sometidos los gauchos de su tiempo, explotados por aquellos mismos que deberían impartir justicia; sino también porque logra darle casi un valor plástico a su crítica: vemos claramente a la justicia personificada, y como es normal, nos la imaginamos primero como una señora de cierto aire imperturbable y con aplomo, enaltecida y dignificada, pero de pronto se nos dice que tal señora se sienta impúdicamente en las piernas de alguien –no, ni siquiera en las piernas, más bien en las ancas, más propias de un reptil que de un ser humano–; y que ese alguien, casi el proxeneta de la señora justicia, no es otro sino el más ladrón de todos, el que tiene el poder de facto en aquel mundo que nos describe Hernández.

Y este giro inesperado, paródico y jocoso que vemos aquí es una de las posturas preferidas de Hernández acerca del “canto” y la función del “cantor” –que no “pueta”–: se trata de asumir una posición desde abajo, desde las raíces mismas de lo popular y del lenguaje “inorante” para, desde ahí, enderezar las críticas más duras y crudas a la realidad que se vive. La “inorancia” de los cantores se convierte en el arma misma para crear un nuevo terreno del saber, un saber que no se precia de usar las palabras como debe ser o como dicta la gramática, sino un saber que emana del mundo mismo tal como se vive día a día, tal como lo vive el gaucho Martín Fierro.

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